Sobre lo que no parece y es y viceversa: la incomprensión sobre los nuevos patrimonios

En mi ánimo nunca está el avivar polémicas, puesto que frecuentemente trato de ponerme en la posición contraria para tratar de comprender diversas posturas e intereses que no dejan de reflejar la complejidad del ser humano en su interacción social. No obstante, no vivimos en un mundo en blanco y negro, sino que nuestro mundo se mueve más en la escala de grises, aunque actualmente el ruido de las redes sociales refleje lo contrario. Lo que ha pasado en los últimos días, me ha llevado a plasmar por escrito las sensaciones que tengo respecto a un tema particular que considero que afecta a cuestiones sobre la valoración del patrimonio industrial.

Recientemente, ha saltado la noticia de la aprobación del plan parcial para la construcción de seis edificaciones nuevas y un parque en las cocheras de metro de Cuatro Caminos en Madrid [1] y, en la habitual efervescencia de las redes sociales, ha surgido un enconado debate en el que se mezclan posturas de todo tipo. Muchos nos hemos posicionado a favor de buscar una opción viable que no perjudique al proyecto residencial y dotacional pensado para la zona, pero que al menos tenga en cuenta y ponga en valor el patrimonio industrial de las cocheras.

En lo que a mi parecer personal se refiere, no me ha generado tanto malestar el debate en sí, si no la opinión de algunos de que los expertos en patrimonio industrial somos unos “conservacionistas”, cuando lo que tratamos de indicar es que puede que haya que buscar una alternativa para no perder parte de un legado que, desde el punto de vista del patrimonio cultural dejado por la industrialización madrileña, tiene un valor importante. Se podría contraargumentar que muchos otros vestigios industriales han sido demolidos sin que se haya evitado, cierto, que la situación del caso que inicia mi reflexión es objeto de polémica por el choque de posturas e intereses muy diversos, no lo voy a negar. Sin embargo, esta situación me ha dado que pensar y creo que detrás de la polémica particular hay un conflicto de trasfondo más general que afecta a la (in)comprensión del patrimonio industrial por parte de la sociedad.

Museu Nacional Ferrroviário de Portugal, Núcleo Museológico de Macinhata do Vouga. En un momento determinado el país vecino decidió que estas cocheras, arquitectónicamente modestas, debían albergar algunas de sus joyas de patrimonio móvil. Fotografía: C. Castañeda, 2018.

En mi modesta opinión creo que todo esto pasa por la continuidad del desconocimiento y la poca valoración del patrimonio industrial en la actualidad. Es una situación que trasciende las disciplinas y que afecta al propio entendimiento de los vestigios de la industrialización como patrimonio cultural con un valor propio. Incluso este tema es objeto de debate entre compañeros arquitectos, historiadores, etc., que desde su enfoque particular tratan de llevar un determinado vestigio industrial a su propia comprensión de lo que es arte, arquitectura, ingeniería… Los bienes industriales tienen una posición destacada en el territorio y la ciudad, aunque no todos; tienen una estética arquitectónica y detalles de naturaleza artística o escultórica, aunque no todos; desarrollan la técnica e ingeniería punteras de su tiempo; aunque no todos. Es en ese “aunque no todos” en el que reside la complejidad del patrimonio industrial: requiere una comprensión más general en su contextualización transdisciplinar.

Pese a la infinidad de publicaciones y de congresos que concitan a expertos sobre este particular desde hace décadas, no dejan de ser eso, reuniones de expertos. Observo, por tanto, que es cada vez más necesario por nuestra parte dejar en un cauce paralelo estos encuentros de especialización y comunicar más a la sociedad los valores de este patrimonio. Poniendo como ejemplo otros patrimonios que han sido reconocidos en las últimas décadas, puede que el ojo inexperto piense que la arquitectura vernácula de mi pueblo carece de valor, que la panera de mis abuelos no deja de ser un chamizo encima de una cuadra, o que el bloque de modestas viviendas sociales de Tabacalera en Gijón no es “ni siquiera bonito” porque no se ajusta a los cánones que hoy en día se esperan de un conjunto residencial al gusto de la sociedad actual.

En las últimas décadas ha habido un cambio de mentalidad en la valorización del patrimonio cultural, una apertura de miras, tanto en la tipología como en la escala del mismo. Paisajes, industria, arquitectura moderna, arquitectura vernácula, incluso patrimonio intangible, son objeto de consideración tanto por expertos como por parte de la sociedad que se identifica con los mismos. Incluso conservamos lugares históricos en los que aconteció algún suceso importante y que hoy valoramos desde la esfera de lo intangible, desde la memoria de lo que ocurrió en ese lugar y que no ha dejado huella legible; el paisaje ha cambiado, también la sociedad, y sin embargo observamos un determinado lugar y pensamos “aquí ocurrió tal cosa”.

Sin embargo, nos enfrentamos a lo que Choay denomina “complejo del arca de Noé” [2]. Es cierto que el patrimonio de por sí no existe, es un concepto, y como elemento perteneciente al mundo de las ideas el patrimonio sólo tiene razón de ser en función de la mirada del sujeto que lo valora. Evidentemente, los expertos en patrimonio industrial, dada su cercanía histórica y la abundancia de vestigios del mismo, tenemos una responsabilidad en la correcta selección de aquellos elementos dignos de conservación y recuperación. No podemos fosilizar el territorio, no podemos salvar en “el arca patrimonial” absolutamente todo. Se da incluso el debate de que, ante la ampliación conceptual de patrimonio cultural, va a llegar un momento en que todo sea patrimonio. Se trata de apuntes controvertidos, ciertamente, pero sólo está en mi ánimo reflejar las distintas posturas de un debate que considero muy complejo y que trasciende la mera casuística concreta.

No obstante, en materia de patrimonio industrial, “a veces lo que no lo parece lo es”. El valor de un lugar, entendiendo por tal el espacio físico concreto en el que sedimenta el tiempo histórico, trasciende su estado de conservación, su apariencia o el uso actual. Tiene valor por lo que es intrínsecamente, y para ello hay que conocer su relato desde la aproximación transdisciplinar. Dicho lo cual, en las frecuentes polémicas sobre patrimonio industrial inserto en el medio urbano entra en liza un último factor de debate, y es el de la recuperación de las preexistencias frente a la nueva construcción, o las operaciones de tabula rasa frente a la intervención sobre los episodios constructivos que se han sucedido en la ciudad a lo largo del tiempo. Lo nuevo frente a lo viejo, el olvido frente al reutilización. En definitiva, se trata de qué ciudad queremos construir, qué ciudad queremos legar a las generaciones venideras, qué forma de vivir la ciudad elegimos y qué medio queremos construir para el desarrollo y la interacción social. Y en el tejido urbano sobre el que vamos a operar, a intervenir, inevitablemente nos encontraremos con el patrimonio industrial que, nuevamente, entrará dentro del debate sobre esa construcción contemporánea de la ciudad. Y vuelta a empezar.

Pero, como apuntaba a lo largo del texto, esto no deja de ser mi humilde opinión.

[1] Podéis consultar la noticia a la que me refiero aquí.

[2] CHOAY, F. (2007) Alegoría del patrimonio, Barcelona: Gustavo Gili.

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