El arquitecto y su obra

C. Castañeda, 2008

Cuando la barca atracó en la isla Vasilievsky, la jornada de trabajo había concluido, y ya no quedaba ni un solo obrero en el lugar. El sereno, con el fanal en la mano, alumbró el camino de Grimbosq a través de los montones de tablas y de piedras. En vez de dirigirse hacia la cabaña, Grimbosq fue derechamente a la iglesia. El sereno le siguió. Una pálida claridad reptó en la base de los muros. Cuatro columnas surgieron de las tinieblas. El oscuro casquete de la bóveda tuvo la palpitación perezosa de un ala. La iglesia, perturbada en su sueño, se animaba, respiraba, vivía. ¡E iban a matarla! ¡No era posible! Grimbosq había asistido ya en Francia a la demolición de una vieja iglesia gótica que amenazaba convertirse en ruinas […] Temblando de temor premonitorio, acariciaba las piedras con la mano extendida. Y recibía en su palma la dulce respuesta granillosa. Esa era su casa; no saldría de ella. Al cabo de un momento despidió al sereno y se sentó sobre una plataforma de tablas, en mitad de la nave. El sereno le había dejado su fanal. Pero Grimbosq no necesitaba de esa turbia luz para ver su iglesia. Era vasta y hermosa, hecha para la eternidad. ¡Y  pensar que todo eso había salido de su cabeza! Cada bloque de piedra tenía aquí su significado, su historia. Esas pilastras, esos arcos, esa cúpula, no representaban trozos de arquitectura inerte, sino de vida. Eran su carne y su sangre las que habían servido para edificar el templo, y no materiales extraídos de una cantera cualquiera. Nadie tenía derecho a alzar su mano contra ese santuario del dolor […] Lo esencial era no cerrar los ojos y no perder de vista la iglesia. Al menor parpadeo se desmoronaría. Era su mirada la que la mantenía en pie. En la penumbra, Grimbosq abría sus ojos desmesuradamente. Era como si dos pulgares de hierro se introdujeran en sus órbitas. El silencio silbaba en sus oídos. La fatiga turbaba su cerebro. Durante toda la noche permaneció así, tiritando, entorpecido, en el centro de su sueño de piedra.

El arquitecto, Henri Troyat, 1977

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