Lo que sucede, conviene

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Buenos días La Habana. Fotografía: C. Castañeda, 2016.

Todo viaje es un discurrir, una narración anterior cuando el recorrido se imagina, y una narración ulterior que hacemos después cuando se cuenta a los amigos o a los conocidos, una vez llegados a casa o todavía en camino. La escritura es la memoria de los innumerables acontecimientos cosechados al hilo del camino, de las emociones e impresiones que se han resentido; una manera que tiene el viajero de escapar del tiempo transformándolo en páginas de un cuaderno, para poder volver a él más tarde con nostalgia y revivirlo gracias a los miles de señales localizadoras que se han dejado en el texto. La memoria es lo que es, y la suma de nuestras caminatas olvidadas da vértigo, a tenor del número de las que apenas queda un vago recuerdo, o incluso nada de nada. Sin embargo, aquellas de las que hemos mantenido un diario se mantienen vivas gracias al esfuerzo que ha sido necesario para anotar regularmente las peripecias y las lecturas del viaje, o para sumergirse en los recuerdos o en la nostalgia, o incluso para rememorar los episodios pasados antes de ponerse de nuevo en marcha. Es cierto que con el paso de los años la imaginación se mezcla con lo real, el laconismo de ciertas frases nos da a entender mucho más de lo que contienen, pero al menos queda un buen almacén de imágenes. El esfuerzo de la memoria por reconstruir una marcha llevada a cabo sin haber tomado notas o fotos está destinado al fracaso, más allá de los pocos casos de peripecias memorables.

“Escribir el Viaje”, Elogio del caminar, David Le Breton

Se puede decir que la frase que da título a este post es una expresión a la que hemos recurrido en infinitas ocasiones en nuestro viaje reciente a Cuba con motivo del VIII Coloquio Latinoamericano sobre Patrimonio Industrial. Como apunta David Le Breton en el pasaje anterior, tengo la sana costumbre de llevarme un cuaderno de viaje en el que dibujo, garabateo, anoto expresiones locales o nombres de platos y bebidas y, si por alguna razón encuentro la inspiración y un momento de calma, las sensaciones que me dejan las vivencias experimentadas durante mi estancia. Lo que sigue a continuación son unas páginas desde La Habana.

Con gran emoción escribo estas líneas en una terraza de la plaza de la Catedral tomando una Bucanero bien fría, escuchando “Chan Chan” y disfrutando del dolce far niente. Cuba ha sido todo un descubrimiento para mí, al igual que estoy segura que lo fue hace casi un siglo para mi bisabuelo que se quedó ocho años en La Habana.

Nunca me he sentido más en casa. Es increíble la hospitalidad y nobleza de esta gente, su potencial, no sólo intelectual de todos aquellos con los que he tenido la fortuna de compartir mi tiempo, sino también de la arquitectura, del patrimonio, de los paisajes, de lo intangible de esta isla infinita.

Cuba es el sueño de cualquier investigador en patrimonio arquitectónico como servidora. Aún más, me unen lazos tanto personales como académicos. Ayer estuve en Viñales: fue como viajar al origen de mi tesis. No sólo me quedé fascinada por la exuberancia del paisaje, sino que fue muy emocionante conocer gentes como Francisco, torcedor de tabacos desde hace poco y fumador de 13 tabacos diarios desde los ocho años -su abuela, torcedora, le liaba pequeños tabacos cuando era niño para que se los fumase-, que tuvo a bien compartir su oficio y sus vivencias con los que nos prestábamos a aprender de su historia.

Decidí desconectarme literalmente de Europa desde mi llegada. No pude hacer mejor cosa. Me he imbuido del espíritu del “relajo cubano”, hasta el punto de que creo que debo agotarlo al máximo antes de que dentro de tres días me vuelva  a contaminar con el estrés cotidiano.

He pasado unos días maravillosos con la que ya es mi gente: los compañeros de la CUJAE, del Colegio de San Gerónimo, de la Oficina del Historiador…, y por supuesto amigos nuevos y viejos de lo que hemos denominado jocosamente en este VIII Coloquio Latinoamericano “la masonería del patrimonio industrial” y a los que yo siempre me refiero como la “gran familia del patrimonio industrial”: INCUNA y TICCIH.

En este congreso se ha puesto de manifiesto nuevamente el gran interés de las investigaciones latinoamericanas sobre patrimonio industrial y es de justicia que comience a tomar el protagonismo que hasta ahora teníamos en Europa en esta materia. En este sentido, creo que no soy la única que está muy complacida en que el próximo evento internacional de TICCIH y el IX Coloquio Latinoamericano tengan lugar, respectivamente, en Chile y Guatemala. De igual forma, hemos sido testigos de las interesantes actuaciones desarrolladas en La Habana y aquellas que están por venir. En definitiva, un viaje inabarcable, inagotable, en todos los sentidos.

Dado el contexto de la situación en la que me encuentro en mis últimos días en La Habana, no puedo por menos que escribir unas líneas sobre mis sensaciones. Hay una emoción latente, pero aún no alcanzo a descifrar su significado -¿es entusiasmo, resignación, alegría, susceptibilidad?-. Probablemente, ni siquiera aún alcanzamos a comprender sus consecuencias. Los turistas acudimos como hordas invasivas a esta ciudad casi congelada en el tiempo, cuyos ritmos y dinámicas difieren tanto del frenesí y la asepsia emocional de nuestras urbes. La llegada de Obama ha trastocado todo: obras, cierre de museos, cortes tráfico, cierre de terrazas… Desde mi llegada hace una semana todo ha cambiado. A las gentes locales se superponen los periodistas, los turistas en masa, el séquito del mandatario norteamericano. En sólo siete días hay zonas de la ciudad que han perdido la frescura que me encontré en mi primer paseo matutino. Afortunadamente, existen calles Obama-Turistas y calles No Obama-Turistas. En ellas encuentras a la auténtica Habana, sin tematizar.

Siento como una melancolía anticipada cuando pienso en las consecuencias de este hito histórico para el pueblo cubano: tanta bondad, tanta buena disposición y amabilidad en contraposición al talante arrollador y la mala educación de los que no sabemos paladear el tiempo y vivimos bajo los preceptos de la fast life. Lejos de lo que un escenario futuro de apertura del país pueda suponer en el aspecto material, sólo confío que no cambie aquello de lo que nadie puede adueñarse y que pertenece a la propia persona, al propio pueblo; el intangible cubano: su forma de ser y su orgullo. Pase lo que pase a partir de ahora, sólo deben recordar eso, que no es poca cosa: no pierdan lo que otros ya hemos olvidado.

Ay, La Habana: aún no te he dejado y ya siento que te voy a echar de menos.

La Habana, Plaza de la Catedral

Sábado 19 de marzo de 2016

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Buenas noches La Habana. Fotografía: C. Castañeda, 2016.

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