La casita

Recientemente visité la exposición del Museo ICO en la que se incluye parte de la obra fotográfica de Berenice Abbott que documenta la transformación de Nueva York.

Berenice Abbott, Nightview, New York City, 1932. © Berenice Abbott / Commerce

Berenice Abbott, Nightview, New York City, 1932. © Berenice Abbott / Commerce

A pesar de mi fascinación por algunas de las imágenes dignas de un fotograma de mi adorada “Metropolis”, hubo algunas instantáneas que captaron mi atención y que provocaron un “click” en mi mente: aquellas en las que se hacía evidente el contraste de la escala entre los antiguos edificios y los nuevos rascacielos que auguraban el futuro paisaje de la urbe.

Manhattan Skyline I South Street and Jones Lane Manhattan by Berenice Abbott March 26 1936. Fuente: Wikimedia Commons

Manhattan Skyline I South Street and Jones Lane Manhattan by Berenice Abbott March 26 1936. Fuente: Wikimedia Commons

Y el “click” de mi mente me retrotrajo a mi tierna infancia, escuchando una cinta de un cuento que me “traumatizó” profundamente. Os cuento la historia.

Cuando tenía cuatro o cinco años mi madre me compraba una colección de cuentos Disney que incluían con cada entrega una cinta de audio. No recuerdo el período de tiempo que pasaba entre cada entrega del coleccionable, pero sí recuerdo que mi madre adquiría religiosamente cada número nuevo y que yo esperaba extasiada poder escuchar -y más tarde leer- las historias que me deparaba el -en aquel momento- mágico mundo de Disney.

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Además la colección se guardaba en una especie de recipiente especial de plástico con sus ranuras para las cassettes y el espacio para los libros en la parte central que, una vez colocados convenientemente, formaban con los dibujos de sus lomos una escena con personajes Disney. Todo hay que decir, cuando era pequeña jugaba con mis muñecos imaginándome que las cassettes eran escaleras y la parte superior de los libros una azotea…[la cabra tira al monte, señores].

Pero llegó el número 21 de la colección y con él la tragedia. Cada entrega se caracterizaba por tener un cuento principal que ocupaba la mayor parte del volumen y una suerte de bonus track en el que se adjuntaba una segunda historia que pertenecía al acervo de pequeños cuentos animados de Disney a modo de cortos. El número 21 de la colección incluía el cuento “La casita”:

En este librito se encontraba el meollo de la cuestión

“…y además: La casita” En este librito se encuentra el meollo de la cuestión

He de confesar que a mis años tan sólo me acordaba de la historia del cuento y de la fuerte impresión que me produjo y he tenido que emplear una media hora larga buceando en internet hasta que conseguí dar con más información sobre la historia de “La casita”. En realidad se trata de un pequeño corto Disney del año 1952 y que he tenido la enorme fortuna de encontrar a través de Youtube.

La historia de “La casita” trata de una pequeña construcción en el campo que se ve fagocitada por la continua expansión que experimenta la ciudad y que, a pesar de los muchas vicisitudes por las que pasa, permanece como un diminuto testigo de la evolución de la urbe y de las construcciones que a lo largo del tiempo se convierten en sus “poco amigables” vecinos.

Como acostumbraba, mi madre me abrió el paquete que contenía el libro y la cinta, puso ésta en el radiocassette que teníamos en el salón y me dejó tranquilamente a lo mío mientras ella se ponía en marcha con sus quehaceres. Cual es su sorpresa cuando, al cabo de un rato, me oye llorar desconsoladamente. Mi madre patidifusa atiende a la explicación que le doy entre sollozos entrecortados sobre el motivo de mi aflicción: la pena que me daban la casita, pero también el trágico destino de sus “vecinos”.

La pobre casita asiste impotente a la horrible escena en la que sus vecinas se queman vivas...como para no traumatizarme

La pobre casita asiste impotente a la horrible escena en la que sus vecinas se queman vivas…como para no traumatizarme

No sé si se debió a la representación de las construcciones con rasgos antropomorfos, el terrible final de todas las construcciones -¡quemadas vivas!, ¡amputadas vilmente mediante bolas de derribo!-, la triste historia de la casita…el caso es que ni siquiera el final feliz del cuento me consolaba -ahora que rememoro la historia, le auguro una tediosa vida rodeada por uno de los infinitos suburbios de pastiche que proliferan en  las grandes metrópolis-.

Ante esta situación, mi pobre madre dudaba si seguir con la colección a la que le restaban siete números -quién le iba a decir a ella que el mágico mundo de Disney iba a causar semejante trauma en su pequeña-, pero como desde niña siempre me gusta terminar lo que empiezo, decidimos completar la colección y dejar el número 21 y la historia de la dichosa casita bien colocado en su sitio de la estantería de plástico amarillo y no volver a sacarlo más. Es curioso porque ahora que vuelve este episodio a mi cabeza, me pregunto en qué lugar del enorme trastero de mi madre estará el condenado cuento. Me gustaría reconciliarme con él.

La casita sólo era feliz en un paisaje bucólico y habitada por una pareja de recién casados que pronto llenarían sus espacios con una abultada prole de chiquillos.

La casita sólo era feliz en un paisaje bucólico y habitada por una pareja de recién casados que pronto llenarían sus espacios con una abultada prole de chiquillos.

Pero desde la perspectiva que dan los muchos -demasiados- años que han pasado desde entonces, no puedo evitar analizar el trasfondo de este cuento y las numerosas connotaciones de la historia: la preconización de la vuelta al campo frente al temible progreso urbano que todo lo destruye, la pérdida de tantos inmuebles que hoy consideraríamos patrimonializables, la defensa del pequeño individuo frente a los todopoderosos… Creo que es en la edad adulta cuando te das cuenta de que las películas para niños, no tienen tanto de infantiles [recomiendo el artículo de El país “Siete momentos en los que Pixar se olvidó de que había niños en la sala” de Juan Sanguino].

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En el fondo, la historia de la casita evoca tristeza, una melancolía que se incrementa a través de la mirada adulta, puesto que en la infancia todos hemos conocido nuestra “casita” particular en las calles de nuestro barrio y hemos asistido a la crónica de su muerte anunciada. Y añoramos también aquella pequeña rareza que permanecía con una resistencia férrea en su parcela ante los bloques de pisos que crecían a su alrededor como setas, habitada por un señor o una señora mayor en cuya cara podías leer el desconcierto de asistir a una época a la que ya no pertenecía. De hecho, ¿no os recuerda “La casita” a otra película reciente basada en la historia de una casa real?

La casa de Seattle en la que se inspiró la película de

La casa de Seattle en la que se inspiró la película de “Up” también asiste impotente a su condición de víctima de un tiempo de progresión intransigente con los vestigios del pasado. Fuente: http://hoycinema.abc.es/

…quién me iba a decir a mí que una exposición de Berenice Abbott iba a remover las teclas de mi subconsciente y de mis traumas arquitorturas infantiles…

“Our house”

P.D. En mi enconada búsqueda del cuento de la casita a través de la red, encontré esta maravilla en el blog “Soñando cuentos”. Espero que os guste tanto como a mí.

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2 Respuestas a “La casita

  1. No he podido resistir el impulso de escribirte. Esa historia me dejó igual de traumatizada en mi infancia y recuerdo la frustación a día de hoy pues ninguno de mis amigos recordaba ese cuento de Disney. Si hasta se me ha encojido el estómago cuando he visto su dibujo.
    ¡Gracias! Me has ahorrado mucho tiempo de búsqueda.
    Espero que a día de hoy esté superado…
    ¡muy buen trabajo!

    • Muchas gracias por tu comentario Laura! Pues ya he encontrado a otra persona traumatizada por el cuento de “La casita”, porque no he encontrado a nadie de mi generación que se acuerde de él. Ciertamente, aunque es una historia difícil de asimilar para un niño, tiene una doble lectura que desde la óptica actual me encanta, sobre todo porque todos hemos conocido alguna “casita” o varias que lamentablemente ya no están entre nosotros a causa del superdesarrollo urbanístico de las últimas décadas. Es parte de la historia de las ciudades y de la memoria colectiva urbana… me alegro mucho de que te haya gustado el post!
      Un abrazo!

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