De arquitecturas enloquecidas y el placer del espacio soñado

…los espacios literarios son proyectos de arquitectura que sólo se dibujan en la mente…

Frecuentemente, me encuentro con espacios literarios, estos que siempre reitero que me encantaría visitar si existiesen -como os conté en el diario aquí, aquí, aquí y aquí-. La reciente lectura de “Las puertas de Anubis” [1], extraordinaria obra de ciencia ficción que conocí gracias a mi condición de ferviente “ministérica“, me transportó a uno de esos espacios literarios que engrosan mi colección de obsesiones particulares y que motivó la reflexión de la presente entrada del diario sobre arquitecturas enloquecidas y su componente onírica.

El edificio conocido en todo el tugurio de Saint Giles como el Castillo de las Ratas había sido construido sobre los cimientos y alrededor de las ruinas de un hospital levantado en el siglo XII; el campanario del hospital todavía estaba en pie, pero a lo largo de los siglos los varios propietarios del lugar habían añadido nuevos pisos y muros a su alrededor , para que sirviera de almacén, con lo cual sus ventanas de ojiva normanda no daban a la ciudad sino a cuartuchos que habían sido unidos a la vieja piedra del campanario. La única parte de este que seguía aún libre era la punta de la torre, y habría resultado más bien difícil descubrirla entre el laberinto formado por las chimeneas y los tejadillos de aquella enloquecida arquitectura.

Normalmente encontramos belleza en el orden y en la proporción, pero quizás por mi personal predilección por los espacios industriales, en los que estas premisas se ven trastocadas en una suerte de complejidad y contradicción -como diría el querido Robert Venturi [2]- entre el orden preciso del edificio y la mutable actividad productiva interior, me lleva a perderme en espacios imaginarios auténticamente laberínticos en los que el placer del descubrimiento y la intriga que generan nos llevan a adentrarnos en la fascinación de un mundo desconocido y desconcertante.

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“Relativity”,M. C. Escher, 1953. Fuente: Creative Commons

Retrocedió un poco, sorprendido, y entonces vio, sin que ello lo perturbara, e incapaz de explicar a qué se debía tal falta de sobresalto, que no se encontraba en la autopista. Estaba en una pequeña habitación, con una ventana desprovista de cristales en donde se agitaban lentamente unas cortinas muy sucias. La ventana cambiaba continuamente de forma; a veces era redonda, hinchándose y contrayéndose como un extraño esfínter arquitectónico, desde el tamaño de una mirilla empotrada en una puerta hasta el del rosetón que había en la catedral de Chartres, mientras que otras veces decidía caprichosamente adoptar un contorno rectangular. También el suelo parecía indeciso; en un instante dado se hinchaba de tal forma que lo obligaba a encogerse para no golpear el techo, y un segundo después se desplomaba como un trampolín que hubiera perdido toda voluntad de seguir erguido, dejándolo en el fondo de un pozo desde el que tenía que levantar la vista para seguir contemplando la ventana y su peculiar danza del vientre. Desde luego, debía reconocer que era una habitación muy entretenida.

 

"El gabinete del Doctor Caligari", Robert Wiene, 1929. Fuente: www.objetivocine.es

“El gabinete del Doctor Caligari”, Robert Wiene, 1920. Fuente: http://www.objetivocine.es

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“El gabinete del Doctor Caligari”, Robert Wiene, 1920. Fuente: http://www.objetivocine.es

¿Y qué puede haber más desconocido y laberíntico que las arquitecturas y espacios que vivimos mientras estamos soñando? Imágenes en ocasiones muy vívidas y que se quedan grabadas incluso después de haber despertado. Una buena amiga me explicó hace algún tiempo la relación entre nuestra localización espacial dentro del sueño y el nivel del subconsciente en el que estábamos durante el mismo, de forma que si se sueña con un edificio de varias plantas y sótano, cuanto más se descienda en altura, se está llegando a un nivel del subconsciente más profundo. Me interesó mucho esta suerte de materialización espacial del subconsciente a través de las arquitecturas que soñamos. Me acordé de ella cuando llegué a este pasaje de Las puertas de Anubis:

Consiguió encontrar la puerta, la abrió y durante un interminable minuto se quedó paralizado en el umbral contemplando los dos extremos de la escalera de caracol, que estaba tenuemente iluminada con antorchas. Reconoció su trazado arquitectónico como perteneciente al estilo poco refinado de las provincias romanas, al mismo tiempo que escuchaba los gemidos y los rugidos, imposibles de identificar, que resonaban a lo lejos.

[…]Unos instantes después se encaminó hacia la escalera. La idea popular de que una mansión que se explorase en sueños representaba simbólicamente la mente del soñador, siempre le había parecido contener una pequeña parte de verdad, y aunque en muchos de sus sueños había explorado los pisos superiores de su mente, nunca había tenido ocasión de ver las catacumbas que yacían en lo profundo de esta. Los ruidos de pesadilla parecían venir de abajo, de modo que, sintiendo una mezcla de curiosidad y valor irracional acerca de los monstruos que podían morar ne los más recónditos niveles de su cerebro, empezó a descender cautelosamente por los viejos y gastados peldaños.

 

Muchas arquitecturas tienen como atractivo esta componente cuasi onírica y permiten recorrer el espacio como si de una caja de sorpresas se tratase, y esta incertidumbre, esta múltiple perspectiva en la mutabilidad de las referencias cardinales es donde reside su atractivo. ¿Podemos emplear estas imágenes del subconsciente como recurso proyectual?

[Un inciso sobre los seis grados de separación entre Bernini y el agente Cooper en un artículo de Tirso Montañez para la revista Jot Down]

Museo Cívico de Castelvecchio (Verona, Italia), Carlo Scarpa, 1959-1973

Museo Cívico de Castelvecchio (Verona, Italia), Carlo Scarpa, 1959-1973. Fuente: http://www.archiobjects.org

 

"Monumento a las víctimas del atentado a la Embajada de Israel", (Buenos Aires, Argentina), LGR Arquitectura. Fuente: www.divisare.com

“Monumento a las víctimas del atentado a la Embajada de Israel”, (Buenos Aires, Argentina), LGR Arquitectura. Fuente: http://www.divisare.com

"Monumento a los judíos de Europa asesinados", (Berlín, Alemania), Peter Eisenman,  2005. Fuente: www.elpais.com

“Monumento a los judíos de Europa asesinados”, (Berlín, Alemania), Peter Eisenman, 2005. Fuente: http://www.elpais.com

Parece que el disfrute de la desorientación siempre está en nuestro ADN, pero esa sensación de vértigo mantiene su componente sorpresiva y placentera siempre y cuando tengamos la certeza de que hay un punto de referencia dentro de estas coordenadas enloquecidas al que podremos recurrir, en este caso el acto de despertar. Como apunta Kevin Lynch, “una imagen ambiental eficaz confiere a su poseedor una fuerte sensación de seguridad emotiva. Puede éste establecer una relación armoniosa entre sí y el mundo exterior. Esto constituye el extremo opuesto del miedo provocado por la desorientación; significa que la dulce sensación del hogar es más fuerte cuando el hogar no sólo es familiar sino también característico.”[3] Acaso el atractivo de la desorientación, de llevar al límite nuestra capacidad de reconocimiento de un lugar extraño y misterioso en los sueños, reside en que en el fondo sabemos que el estado de desorientación no se prolongará porque de un modo u otro, acabaremos despertando…

[1] Las puertas de Anubis, Tim Powers, Gigamesh (ed. 2010), 1983.

[2] Complejidad y contradicción en la arquitectura, Robert Venturi, Gustavo Gili (ed. 2014) 1966.

[3] La imagen de la ciudad, Kevin Lynch, p. 13, Gustavo Gili (ed. 2014), 1964.

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