Con M’Hamid en el recuerdo

Contra todo pronóstico, ni el calor, ni el agua insalubre, ni las especias mermaron mi condición física en los 15 días que me fui a Marruecos. Al contrario, justo en la vuelta al rutinario hogar me pongo enferma, enferma del estómago, enferma de catarro, enferma del alma.

Quizás se trate de una reacción psicosomática a lo que me espera, de nuevo la rutina, la realización de tareas y trabajos que no van más allá de la propia satisfacción personal. Realmente, todo el mundo debería plantearse el altruismo como cura de esta loca sociedad que produce vértigo y hastío. Trabajar para mejorar las condiciones de vida del que tiene menos que tú, aprender de él, vaciar el cuerpo y la mente a través del trabajo físico. Sumergirte en un paisaje totalmente ajeno a tu hogar, pues no hay mejor forma de encontrarse con uno mismo que mediante la desorientación.

Aprehender todo lo que ves y conoces, para confrontarlo con tu vida común. En definitiva, se puede decir que la melancolía es un sentimiento triste, un recuerdo que crea un vacío interior.

Sin embargo, la tristeza debe ser ignorada. Inchallah volveremos a M’Hamid a continuar la labor iniciada y a seguir aprendiendo de nuestros amigos marroquíes. Mientras tanto, toca esperar a que la mente aterrice en Madrid de la misma forma que le ha precedido el cuerpo.

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Durante 15 días, los integrantes del primer turno del taller de construcción con tierra Terrachidia hemos aunado fuerzas para reconstruir una casita en el pueblo de M’Hamid, el antiguo y auténtico, que no el turístico. M’Hamid es un pueblito (que los lugareños denominan kasbah) que se encuentra en la región de Zagora, justo donde finaliza el oasis que acompaña al Draa desde Ouarzazate, y que se sitúa a las puertas del Sahara junto a tierras de cultivo, palmerales y construcciones en tierra.  Desde M’Hamid parte una carretera, en no muy buenas condiciones, que une los seis pueblos del municipio, muy interesantes, en los que se encuentran todo tipo de construcciones curiosas, vegetación, dunas del desierto e incluso un pueblo que se encuentra medio comido por el desierto y que debido a ello, comenzó a ser desalojado en 1984, contando en la actualidad con numerosas viviendas deshabitadas.

Pero, sin duda lo mejor del lugar son sus gentes, la evolución que experimentamos en la comunicación y el acercamiento a los mismos. Estas sensaciones y otras apreciaciones las recogí durante mi estancia en una entrada que publiqué en el blog de Terrachidia y que reproduzco a continuación:

Sobre los periplos de los viajeros esponja

Como en tantas otras cosas, existen distintos tipos de viajeros, que no turistas. Están los que buscan experiencias nuevas, los que quieren tachar de su lista un lugar más de aquellos que quieren visitar, y los viajeros esponja, que se involucran tanto con su destino que llegan a denominarlo casa. Casa, hogar, palabras que no aluden a una estancia temporal, sino a un sentimiento de pertenencia a un lugar. Ese “casa” que se nos escapa estos días, cuando volvemos a nuestro auberge al finalizar la jornada.

Esta pequeña familia de desconocidos que hemos formado en M’Hamid, estamos en “nuestra casa”, no sólo por la confraternización circunstancial del grupo, sino también por muchas otras cosas. Familia, otra palabra que conlleva un significado no casual, sino que alude al establecimiento de lazos sentimentales que no comportan necesariamente una relación cosanguínea.

Efectivamente, M’Hamid se ha convertido en nuestra casa, una casa donde estos viajeros esponja no sólo trabajan, aprenden, descubren, sino que se trata de algo más, un hermanamiento entre ellos mismos y los habitantes del pueblo.

Y es en este punto en el que la experiencia del viajero adquiere otro significado. La convivencia con nuestros amigos marroquíes es la mejor lección que se puede aprender en este periplo de dos semanas a las puertas del tórrido desierto del Sáhara. Con ellos trabajamos duramente por la mañana, antes de que el sofocante calor nos impida continuar con la obra de reconstrucción que realizamos.

Con ellos descansamos a la sombra del minarete compartiendo dátiles y té, así como confidencias, bromas y felicitaciones por el buen progreso de la obra. Con ellos también comemos y descansamos en la sobremesa, enseñándonos mutuamente palabras de nuestros idiomas, costumbres, lugares… estos momentos de confraternización con nuestros hospitalarios anfitriones se valoran tanto o más que el suministro del preciado líquido que nos hidrata y reconstituye, esa palabra que tantas veces al día se escucha casi como un suspiro: aguaaaa. Estos momentos compartidos también nos nutren e hidratan, como viajeros esponja que somos.

Y el viajero esponja tiene otra misión al llegar a su otra casa, la permanente, la rutinaria. Llega cargado de experiencias que debe confrontar con su propia vida, con sus costumbres; es un trabajo de introspección necesario, ya que sin él, el viaje quedaría inconcluso. Cuando esta familia se deshaga físicamente, que no de hecho, llegaremos a nuestros otros hogares cargados de sentimientos y experiencias. Nos acordaremos de los despertares al aire libre, las risas, los bailes, los juegos con los niños. De la gente del pueblo que nos miraba los primeros días con desconfianza, después con curiosidad, finalmente con un cariño fraternal. Un cariño forjado en la convivencia y en el afecto mutuo, ya que, por muy distintos que parezcamos, el sentimiento de confraternización es mucho más fuerte que cualquier otro, siendo más numerosas las cosas que nos unen que las que nos separan. En definitiva, nos acordaremos de todo lo aprendido que no esperábamos aprender, porque los viajes de los viajeros esponja nutren su vida de una forma inesperada.

De vuelta en su hogar, de vez en cuando, estos viajeros se quedarán pensativos y esbozarán una leve sonrisa que sólo ellos sabrán interpretar. Será un momento sólo para ellos, en el que se forme en el pensamiento el recuerdo de su hogar en el sur de Marruecos.

Y mientras, día tras día, nuestros amigos de M’Hamid se desperezarán somnolientos bajo un manto de estrellas con la primera llamada al rezo matinal. Y quizás ellos también esbocen una leve sonrisa de vez en cuando, recordando aquel grupo de personas tan raras que se convirtieron en sus hermanos de viaje, con los que compartieron su vida durante quince días. Inshala.

Si queréis echar un vistazo a las entradas de mis compañeros en el blog pinchad aquí.

“Jammu Africa”

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